Mi perro eterno
Se parecía a Chewbacca, fue fanático de la zanahoria y rompió tanto las pelotas que voy a escuchar el eco de su ladrido hasta el día que me muera yo.
El corazoncito de Judas debió haber pesado unos 50 gramos en las épocas que comía pollo al horno, zanahoria rallada, helado de limón y otras debilidades. Él era gordito como un pan lactal, una conservadora de playa. Pero su corazón, tan miniatura y escurridizo, que todavía ahora late dificultosamente, mientras me duele el duelo que empecé a construir hace rato.
Desde que se puso viejo, cada vez que me iba de viaje imaginaba que a la vuelta, mientras subiera con la valija por la escalera, ya no lo iba a escuchar esnifando la hendija de la puerta como un caballo desbocado.
Si me sentaba a cenar, soportaba sus ladridos destructores y le decía en voz alta: -Yo sé que hasta esto voy a extrañar cuando no estés, ¡pero qué rompe pelotas que sos, la puta que te parió!
Si lo estrujaba y besaba en el hocico antes de dormir, sentía que un poquito estaba besando a mi mamá, que tantas veces lo cargoseó.
Pero la hizo larga, Judas.
Escribí el tramo previo con mi pichicho averiado, en las últimas. Fueron 17 años de compañerismo magnético. Lo que llamarían un vínculo tóxico, sin dudas: un acosador profesional obsesionado con seguir a su dueño a la cocina, al dormitorio, al inodoro. Lealtad hasta que los riñoncitos, que ni idea cuánto pesan, dejaron de funcionar como corresponde.
A un reloj se le rompe una pieza y da mal la hora. A un perro le fallan los riñones y deja de discutir con la ovejera del vecino. Deja de levantar la pata para mear. Ya no traga con desesperación lo que sea que se caiga de la mesa.
Cuando jugábamos al jenga con mis amigos de la secundaria, había cuidar que ninguna pieza se cayera al suelo cuando se derrumbaba la torre. Si ocurría, mi vieja gritaba “¡JUDAS!” y todos nos tirábamos al piso con la urgencia de recuperar la maderita antes que mi perro la deglutiera.
Pronuncio mi perro con la confirmación de que para ser un hombre noble, en esta vida hay que tener tu perro. No un perro: el tuyo, el que te mira a los ojos y saca la lengua como si sonriera.
De cachorrín tenía una especie de tos frenética que llegó a hacerlo escupir sangre. A la noche empeoraba, y la única forma de calmarlo era subirlo a la cama conmigo. De viejo, a la madrugada se le ocurría recordar ese ritual: tosía un poco, si eso no funcionaba emitía gárgaras guturales y si todo eso no alcanzaba, ladraba junto a la cama que ya no podía alcanzar de un salto.
Judas se parecía a Chewbacca, el de StarWars. Nunca la puso, tenía los huevos medio negrotes. Estaba lleno de granitos, tumorcitos que le daban un toque apochoclado pero nunca lo derribaron. Cuando tenía el pelo más largo parecía una alfombra de baño. Cuando salía al veterinario, tironeaba de la correa hasta toser de histeria y enfurecer a toda la jauría de la calle Zapiola.
Se volvía loco cuando yo cortaba repollo, esperaba silencioso a que me acostara para comerle el balanceado al gato, jugó con pelotas, patitos de peluche y pantuflas.
Llevo tres días apilando mentalmente estas enumeraciones para registrarlas, para no olvidar ninguna porque Judas fue un perrazo.
No el mejor amigo del hombre: el amigo de mis amigos, eje de conversación con quienes alguna vez pisaron mi casa de 197. Un tipazo que me vio en la escuela, vio a mis tres abuelos, me vio estudiar periodismo, me vio enamorado y desenamorado y vuelto a enamorar. Me vio leer Harry Potter a los 12 y El amor en los tiempos del cólera a los 20, me extrañó cuando viví en Capital, movió la cola cuando volví de mi primer avión, perdió conmigo a mi madre, le ladró a la pirotecnia en Años Nuevos, nadó en mi pelopincho, vio a Boca campeón contra el Real Madrid, a Messi campeón del Mundo; y a mí ahora, que me siento amado y afortunado de la vida que vivo.
Estoy muy triste.
Atenti, les aseguro que una sociedad que se conmueve más con un animal abandonado que con un nene durmiendo en la calle es una sociedad enferma, un costado nazi de la humanidad. Igual, estoy más triste de lo que imaginé.
Cada persona debería alguna vez en la vida atravesar la experiencia de pronunciar mi perro cuando se refieren a un compañero con semejante poder de altruismo.
La nostalgia, el vacío, el silencio a la mañana, la catarata de transpiración sobre la pala sobre la tierra junto a Judas cubierto por una remera de Bob Dylan sobre los malvones bajo el sol infernal posnavideño pesan una tonelada.
Sé que voy a extrañarlo en momentos y lugares específicos.
Cuando abra la reja del balcón, que está dura y hay que empujarla con el pie, pero él no salga atropellado a pillar.
Cuando gire sobre mi propio eje y no me lo lleve puesto.
Cuando cocine algo frito y no le tenga que gritar “¡Judas, ANDÁ PARA ALLÁ!".
Cuando me tire a hacer abdominales y no insista en chuparme la frente.
Cuando suenen los bomberos.
Cuando lleguen visitas.
Cuando recuerde a mi mamá.
Cuando mi papá no se tropieza con su platito del agua.
Cuando escuche Like a Rolling Stone, porque mi perro no se llamaba Judas por los bíblicos Iscariote ni Tadeo. Se llamó así por Dylan, a quien trataron de traidor desde el público en un recital épico en la época que cambió el folk protestante por las guitarras eléctricas.
Cuando me vaya a acostar y no le lleve su camita a la pieza, o me levante y no la devuelva a la cocina. Siempre cerca mío.
Me gusta imaginar que ahora pasea con su primera dueña en algún universo paralelo. Que le rompe los huevos al gato Guillermo, junto a quien está enterrado, en el paraíso de las mascotas.
Hace un tiempo visité el cementerio de Recoleta y reflexioné mucho sobre el sentido de la vida. A tres días del año nuevo, el cierre de otro ciclo del calendario romano de Julio César, comprendo el sentido que le dio mi perro Judas a su vida. Nunca tuvo la necesidad de trascender, como el caballo de Facundo Quiroga.
Su eternidad fue una vida de perros. Del lado de arriba de la tierra. Pata a pata, ladró tan pero tan fuerte que voy a escuchar el eco hasta el día que me muera yo.



Hermoso cómo lo recordás y las palabras que le dedicás ❣️ En enero pasado despedí a mi perra de 16 y todavía la sueño y la extraño. Como vos tb pienso en todo lo que vivimos juntas, todo lo que me bancó y lo que se bancó ella en el último tiempo... tampoco pensé que me iba a doler así y me partió al medio.
Ayyyy me hiciste llorar....hermoso el detalle de lo que es la compañía de un perro...FRIDA me lo hizo conocer...COCA Y KOSHER me lo siguen recordando! Un beso enorme y a quedarse con lo compartido que es lo que vale...permanece y nos mantiene humanos!